John Myatt. Tony Tetro. Wolfgang y Helene Beltracchi. Han van Meegeren. Tom Keating. Guy Ribes. Oswald Aulestia. Shaun Greenhalgh. Eric Hebborn.
Quizá le suene alguno de estos nombres; son los mayores falsificadores de la historia del arte y muchos de ellos ya tienen su propio documental. Es tal la fascinación por este tipo de personaje que han inundado las plataformas de contenido con hagiografías de estafadores que viven como estrellas del 'rock', haciendo fortuna a costa de magnates que quieren darle un barniz cultural a sus mansiones.
TE PUEDE INTERESAR
Marta Medina
Los de la lista tienen tres cosas en común: a) la mayoría se autodenomina el mayor falsificador de todos los tiempos, b) han conseguido que sus obras se cuelguen en museos y c) para cuando los descubrieron, llevaban décadas produciendo a destajo. Juntos, han generado miles de copias que siguen expuestas y apareciendo en subastas millonarias, porque no han sido detectadas. A nadie le conviene levantar la liebre: para los falsificadores, supone un agravamiento de su situación penal y, para los compradores, una humillación y la pérdida del valor de su inversión. Tampoco les agrada a los artistas o a sus herederos, ya que la noticia de que circulan obras falsamente atribuidas devalúa su porfolio.
De modo que, durante el último siglo, el mercado del arte se ha atiborrado de falsificaciones mientras todos miran para otro lado. Nadie conoce la cifra total, solo aproximaciones. Según Thomas Hoving, exdirector del Metropolitan Museum de Nueva York, en torno al 40% del mercado del arte se compone de obra falsa. Están en las galerías, en las paredes de los coleccionistas, en los catálogos, en las subastas y en cualquier colección museística. Se trata del dilema del billete falso: uno es capaz de permitirse cierto altruismo por 20 euros, pero, si hablamos de un billete de 100 millones de dólares, lo más probable es que intente colocárselo a otro.
"Hay una conjunción de intereses que hace que la cuestión de las falsificaciones sea incómoda para todo el mundo", dice Lluís Peñuelas, experto en Derecho del Arte y ex secretario general de la Fundación Gala-Salvador Dalí. "Además de la parte del vendedor y el comprador, para un experto poner en duda la autenticidad de una obra supone un problema. No solo se enfrenta a compañeros que tienen distinta opinión, sino que, a menudo, la familia del artista fallecido puede interponer un pleito por esto, dado que supone un menoscabo económico importante para ellos".
El cuadro de Schrödinger
Resulta complicado distinguir la realidad de la ficción en el arte. Más que de cuadros falsos y de cuadros auténticos, hay que hablar de intenciones, momentos e intereses. Por ejemplo: una parte importante de la obra falsificada es... auténtica. O al menos eso asegura un certificado expedido por presuntos expertos que acompaña al cuadro. "Uno de los autenticadores más comunes es la familia del artista. El motivo es que posee los derechos del autor, pero, en mi opinión, eso no debería ser razón para que certifique nuevas obras. Ser nieto de Miró no te convierte en un experto en su obra y, desde luego, si vas a llevarte una comisión en la próxima venta, es muy posible que tiendas a ver la mayoría auténticos", advierte Peñuelas.
El experto cree que siempre se debe encargar el trabajo a un comité de especialistas y nunca a una sola persona o empresa. "Es muy difícil encontrar a buenos autenticadores. Yo conozco a muchos que ni siquiera ven la obra en persona, les sirve con recibir una foto por 'e-mail' para emitir un veredicto. Y todo esto sin mencionar la legión de ellos que, en mi opinión, participan en el proceso de falsificación, porque cobran por decir que es auténtico algo que saben que no lo es", lamenta Peñuelas.
Como a las consultoras, a los peritos de arte se les contrata con la esperanza de que nos digan lo que queremos oír
"Los peritos valemos por las veces que decimos no a nuestros clientes. A mí me han llegado a pedir que firmase una obra como otro artista", dice la restauradora y conservadora Julia Betancor, que trabaja con los principales museos de España. Además de confiar en su ojo entrenado, sus informes tienen siempre una base científica, así que lo primero que mira en un cuadro antiguo es el estado del lienzo. Esto choca con el 'modus operandi' de los peritos de la vieja escuela, que lo fían todo a su criterio. "En ocasiones, lo he pasado realmente mal. Una vez me encargaron peritar un Greco y me metieron en una sala con 20 expertos que defendían su autenticidad. Ahí estaba yo, con un puñado de radiografías que le había hecho al cuadro en la mano, y no me lo podía creer. Miraba las radiografías, miraba el cuadro; miraba las radiografías, miraba el cuadro. La dueña, que era la que me había contratado, tenía cáncer y necesitaba venderlo imperiosamente, y estaba en medio siguiéndolo todo con atención. Volví a mirar las radiografías... Madre mía, ¡había partes en las que la pintura aún no se había secado! Es sorprendente para una pintura del XVI. Tardé mucho en juntar el valor para decir que aquello era completamente falso y marcharme, sin siquiera hacer el informe. Son situaciones tensísimas, porque hay mucho dinero en juego".
Como a las consultoras, a los peritos de arte se les contrata con, digamos, la esperanza de que nos digan lo que queremos oír. Cuando esto no sucede, las cosas se pueden poner tensas. Es por esto que muchos expertos se niegan a trabajar para magnates rusos, árabes o personas sin aparente sensibilidad artística. El esteta, filósofo y crítico de arte Fernando Castro Flórez conoce estas situaciones de primera mano. "Me han pedido ir a mansiones en las que, con solo un paseo mirando las paredes, le he tenido que decir al dueño que todos y cada uno de los cuadros que tenía eran falsos", detalla a este periódico. "¿Que qué me han respondido? Que me marchase de la casa inmediatamente. No me cabe la menor duda de que después llamaron a otro perito, y luego a otro, hasta que alguno les ayudase a librarse de esos billetes falsos. Y seguro que lo han conseguido".
Un escenario habitual es el del padre de familia que aparece un día en casa con el cuadro de un gran artista que ha conseguido a precio de ganga. El cuadro pasa décadas colgado en una pared hasta que el dueño fallece y los familiares corren a peritar la obra para darle salida. Es entonces cuando llegar el crujir de dientes: "Es normal que el comprador engañe a su familia, pero hay veces que incluso se engaña a sí mismo", dice Castro Flórez. "Ni te imaginas las veces que me han pedido opinión de cuadros de Motherwell, Rubens o Picasso que les han costado 800 euros. ¿Me lo dices en serio? Son artistas cuya obra no está en el mercado... ¿y te la van a vender a ti por 800 euros un marchante que viene a tu casa? O como Miró, que media España cree tener un original en su salón. Mira, para eso están los catálogos razonados: si tu cuadro no está ahí, es mejor que ni preguntes".
A veces, ni siquiera el autor sirve para detectar las imposturas. "Muchos, cuando ya son mayores, se dedican a dar por buena la obra falsa, unas veces por demencia, porque no están seguros de haberlo pintado, otras porque le sale rentable", dice Peñuelas. "Y luego hay otros como Dalí, que dejó firmados 300 certificados de autenticidad en blanco, para que se adjuntase con un cuadro de cualquiera, que inmediatamente se convertía en un Dalí original. Ya lo decía André Breton: avida dollars", apunta Castro Flórez.
¿Y las prestigiosas casas de subastas? "Olvídate. Si ves un contrato de Sotheby's o Christie's, la letra pequeña te deja claro que ellos no se hacen responsables de que el cuadro que te venden sea realmente de quien te dicen que es", dice Julia Betancor.
El mito del falsificador
El restaurador José Manuel prefiere que no se conozcan sus apellidos. Es un pintor de cierta fama y experto en varios autores norteamericanos, pero reconoce a este periódico que durante una parte de su vida se dedicó a las falsificaciones. Son delitos prescritos que sucedieron en los 70 y los 80, pero no quiere infartar a los actuales propietarios con sus revelaciones. "Hay mucho mito en torno a los falsificadores: se vende la historia de que son artistas de primer nivel que prefieren hacer dinero fácil con su talento a labrarse una carrera. Yo nunca he visto eso y conozco a decenas de compañeros. Lo que he visto, como también sucedió en mi caso, es a artistas que no son capaces de vender su obra y se ven casi obligados a falsificar, casi siempre por encargo", afirma.
"En 1978, un día que fui a comprar materiales a Madrid, conocí a un marchante que vendía a las pequeñas galerías del barrio de Salamanca. Tomando un vino, me comentó si me veía capaz de emular a unos determinados pintores, casi todos relacionados con el arte pop, y le dije que sin dudarlo. Así empezamos, primero haciendo reproducciones y después falsificando las firmas de autores. Incluso llegué a aprender técnicas de envejecimiento de la pintura y a comprar lienzos viejos para que dieran el pego", dice José Manuel.
Media España cree tener originales de Miró en su salón, pero son todos falsos
Más de 15 años falsificando cuadros solo le sirvieron para ir cogiendo experiencia en la restauración y sobrevivir el tiempo necesario hasta cultivar una mirada propia. No hubo yates ni 'châteaux' en la campiña: "Me dio para un pisito en Baleares y para vivir de lo que me apasiona, nada más. Has de tener en cuenta que, cuando te introduces en el mundo de la picaresca, las mentiras vuelan en todas las direcciones. Yo engañaba al comprador con un cuadro falso, pero el marchante me engañaba a mí diciéndome que uno de mis cuadros se había vendido por 200.000 pesetas [1.200 euros], cuando habían pagado seis millones [36.000 euros]. El galerista engañaría al marchante, el comprador a Hacienda y así sucesivamente", recuerda entre risas.
Por su experiencia, José Manuel sostiene que las falsificaciones se dan más en obras de segunda fila, "arte de andar por casa" que pasa bajo el radar. "Yo también he colado algún cuadro en un museo, de hecho, ahí sigue; otra cosa es que los falsificadores se dediquen a plagiar 'La noche estrellada' de Van Gogh como parece en los documentales", dice. "Lo que se busca son autores reputados, pero no tan populares, como Maruja Mallo u Óscar Domínguez, que no lleguen a mercados internacionales ni propicien grandes subastas. La idea es que no se les someta a pruebas científicas ni a un peritaje profesional, no llegar al MOMA".
Esto no significa que los museos estén exentos de obra falsa. "Cambia mucho según el museo, pero, sin decir nombres, te puedo asegurar que he estado en algunos que tenían más falsificaciones que obra auténtica", explica Betancor. "Es un mal endémico en los museos norteamericanos, que compraron mucha obra europea a coleccionistas poco fiables, pero también los grandes museos europeos tienen problemas con la atribución de los cuadros. Aunque no haya mala intención, hay obras atribuidas a grandes genios que no les pertenecen ni por asomo".
La mala catalogación de las obras es el talón de Aquiles de las grandes pinacotecas. Los avances tecnológicos están ayudando a que se reevalúen sus colecciones, un proceso que implica una fuerte inversión en tiempo y dinero, pero quedan años para llegar al final del proceso. Así, se da el caso de que las pinacotecas no conocen a fondo su colección, como le sucedió hace un par de años al Museo del Prado, que se vio obligado a retirar un cuadro de Adolfo Sánchez Megías atribuido por error a la pintora Concepción Mejía de Salvador tras la denuncia de una historiadora.
Hay, por último, nichos de mercado a los que es mejor ni acercarse. "En materia de arte precolombino, arte africano e iconos bizantinos, te diría que prácticamente nada de lo que hay en el mercado es auténtico. Es especialmente sangrante el caso del arte africano, porque está hecho en madera y es muy perecedero, casi no hay piezas y las que se venden son carísimas", dice Castro Flórez. "Donde más riesgo hay es en la obra seriada y en las esculturas. Es curioso, pero es más probable que te intenten estafar en una compra de poco valor", añade Peñuelas.