Además de los tratamientos tópicos y de las estrictas rutinas de belleza, para actuar frente a los signos de la edad, rellenos inyectables como el ácido hialurónico o la toxina botulínica, el popularmente conocido como bótox, se convierten en un arma implacable capaz de hidratar la piel desde dentro, devolverle el volumen, la luminosidad, actuar frente la flacidez del rostro y redensificar la piel, entre otras cualidades.
Sin embargo, el miedo a estas técnicas, muchas veces precedido por la falta de información, hace que al pensar en una inyección de ácido hialurónico nos asalten las dudas y no les demos una oportunidad. ¿Qué son? ¿Qué puede hacer cada una de ellas por nuestra piel? ¿Cuáles son las más habituales?
La clave de este tipo de rellenos, que van de las vitaminas al colágeno, está en su biocompatibilidad, cualidad que hace que estas sustancias sean fácilmente asimilables por nuestro cuerpo. No hay rechazo porque están presentes en nuestro propio organismo. La otra parte que las hace altamente recomendables es que el cuerpo absorbe sus propiedades y los resultados tienen una duración limitada.
Ácido hialurónico
Es uno de los rellenos más conocidos y demandados, además de colarse -en diferente concentración- en los cosméticos habituales de nuestro neceser. Gracias a su estructura es capaz de atraer el agua manteniendo la piel hidratada y aumentando su volumen. En términos más profesionales, el ácido hialurónico es un polisacárido con la capacidad de atraer moléculas de agua. Precisamente esa cualidad lo convierte en un perfecto material de relleno.
El ácido hialurónico está presente en nuestro organismo, concretamente lo podemos encontrar en la epidermis y en diferentes tejidos como el cartílago, además de en órganos. Muchos cosméticos buscan fomentar la producción de ácido hialurónico del cuerpo, un proceso más largo y con unos resultados menos visibles. Es ahí cuando entran en juego los rellenos de ácido hialurónico.
Tras la inyección intradérmica, el ácido hialurónico estimula y activa a los fibroblastos, lo que a su vez favorece la producción ácido hialurónico y de colágeno del cuerpo, proporcionando un mayor volumen de la piel. Inyectado en las zonas en las que habitualmente aparecen las arrugas, como las patas de gallo, el surco nasogeniano o la frente, la sensación inmediata es la de una piel más tersa y rellena, disminuyendo su profundidad.
Toxina botulínica
En este caso se trata de una neurotoxina que actúa como un relajante muscular que disminuye las líneas de expresión y arrugas que suelen aparecer en la zona de la frente o el contorno de los ojos, resultado de la gesticulación. Con estas inyecciones, el músculo se ‘paraliza’ durante un periodo de no más de 6 meses, en los que también se previene la aparición de nuevas arrugas. Mediante una aguja extrafina se inyecta la toxina botulínica en el músculo, relajándolo e inhibiendo su movimiento.
Según la Asociación Española de Dermatología y Venereología (AEDV), “la toxina botulínica inyectable y los materiales de relleno temporales son los tratamientos estéticos más utilizados en nuestro país. Son eficaces, seguros y reversibles. Se debe seleccionar al paciente y al médico. Objetivo: tener un aspecto mejor pero natural”.
En un artículo de la AEDV sobre métodos de rejuvenecimiento sin cirugía publicado en 2017, la dermatóloga Lucía Pimentel hablaba de la combinación de diferentes inyectables para un resultado aun más eficaz. “El empleo de toxina botulínica sigue contemplándose para tratar las arrugas de expresión, como las patas de gallo, pero combinándolo con ácido hialurónico de baja densidad para revitalizar la zona”, explicaba.